Al inicio de la presidencia de Biden, el Consejo de Seguridad Nacional analizó la información de inteligencia y llegó a una conclusión clave: la década de 2020 sería la “década decisiva” en la competencia entre Estados Unidos y China.

Pekín busca desplazar a Estados Unidos de su posición de liderazgo global y se presenta como un rival formidable. Es el primer contrincante geopolítico de Estados Unidos que ha superado el 70 % de su PIB, ha rebasado su capacidad industrial y ha tomado la delantera en varios sectores tecnológicos, tales como los vehículos eléctricos, las armas hipersónicas y la tecnología de energía nuclear. Si no se toman medidas correctivas, Estados Unidos corre el riesgo de quedar rezagado tecnológicamente frente a China, volverse dependiente económicamente de ella e, incluso, sufrir una derrota militar en el estrecho de Taiwán o en el mar del Sur de China. La manera en que el próximo presidente de Estados Unidos maneje los años restantes de esta década decisiva tendrá repercusiones de gran alcance, no solo para su país, sino también para el resto del mundo.

La buena noticia es que, a pesar de las profundas divisiones en la política interna de Estados Unidos, tanto demócratas como republicanos  coinciden en la necesidad de superar a China. Ambos partidos han impulsado legislación destinada a fortalecer el liderazgo tecnológico de Estados Unidos, revitalizar la manufactura local, promover los derechos humanos en todo el mundo, mejorar la disuasión en el estrecho de Taiwán y reforzar las alianzas en la región de Asia-Pacífico.

Sin embargo, ese frente unido se verá amenazado si Donald Trump es reelegido. Irónicamente, aunque su presidencia contribuyó a catalizar el enfoque bipartidista hacia China, al apartarse de la política de cooperación que caracterizó a las administraciones anteriores, Donald Trump nunca adoptó plenamente este nuevo consenso y hoy se encuentra fuera de él. En lo que respecta a China, suele estar en desacuerdo con sus antiguos colaboradores, sus asesores actuales, el ala nacionalista de su partido e, incluso, con su propio compañero de fórmula, quienes ven con mayor claridad que él el desafío que representa Pekín. Guiado por sus impulsos impredecibles, Trump podría hacer que Estados Unidos pierda esta década decisiva.

Nadie comprende mejor esto que los líderes chinos. Ellos vieron su mandato como un acelerador del declive que perciben en Estados Unidos, y no sin razón. El ex presidente Trump priorizó las exportaciones de productos básicos en lugar de fortalecer la manufactura a largo plazo. Alienó a aliados y socios, manejó de manera inadecuada la respuesta a la pandemia y mostró, en repetidas ocasiones, su desprecio por las normas democráticas. En cuanto a la política hacia China, con frecuencia antepuso sus intereses personales a los intereses de la nación y socavó los pasos importantes que tomaron los miembros de su equipo para competir con Pekín. Como resultado, fue ampliamente ridiculizado por los ciudadanos chinos, quienes lo apodaron "Chuan Jianguo" (“Trump Constructor de la Nación”, entendiendo en el término "nación" a China, no a Estados Unidos). Su administración llevó al presidente Xi Jinping a declarar que el mundo estaba experimentando “cambios no vistos en un siglo” mientras Estados Unidos caía de su posición de preeminencia.

No existe razón para creer que, en un segundo mandato, Donald Trump se desvíe del enfoque que debilitó la posición de Estados Unidos durante su presidencia.

Un ejemplo claro se encuentra en su política tecnológica. Durante su mandato, la administración Trump impuso controles de exportación a Huawei y ZTE, empresas de telecomunicaciones chinas que la comunidad de inteligencia advirtió podían ser vectores de espionaje y ciberataques. Sin embargo, el presidente Trump puso sus intereses personales por encima de los nacionales. Según los informes, prometió al presidente Xi levantar dichos controles (y finalmente lo hizo para ZTE, a pesar de la oposición bipartidista) a cambio de la compra de productos agrícolas y energéticos estadounidenses que, a su juicio, mejorarían sus perspectivas de reelección.

Hoy, el señor Trump se opone a una legislación bipartidista que busca prohibir TikTok a menos que sus propietarios en China vendan la aplicación. El objetivo es evitar que Pekín pueda influir en la opinión pública estadounidense manipulando los contenidos de los 170 millones de usuarios en Estados Unidos, o acceder a información sensible de los usuarios. Aunque previamente apoyaba este enfoque, parece haber cambiado de opinión después de reunirse con un importante donante que tiene una participación significativa en la empresa.

El presidente Biden ha tomado medidas importantes para negar a China los semiconductores avanzados que necesita para liderar en inteligencia artificial y mejorar sus armas militares. También ha reforzado las defensas de Estados Unidos frente a la campaña de Pekín, ampliamente documentada, que busca comprometer infraestructuras críticas como el agua, el gas, las telecomunicaciones y el transporte, en preparación de un posible conflicto. Si el señor Trump antepone nuevamente sus intereses personales a los del país en un segundo mandato, pondría en grave riesgo estos esfuerzos vitales.